César Manrique

César Manrique abordó diversas tipologías arquitectónicas, sin embargo, el conjunto de su obra espacial posee una impronta personal que responde a criterios y soluciones constructivas en los que subyace su visión intuitiva e integradora de la naturaleza. (Ampliar información)

Vivimos tan corto espacio de tiempo sobre este planeta que cada uno de nuestros pasos debe estar encaminado a construir más y más el espacio soñado de la utopía. Construyámoslo conjuntamente: es la única manera de hacerlo posible. César Manrique

Arquitectura española César Manrique
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Emblemático edificio levantado sobre cinco burbujas volcánicas naturales.

El interés por el urbanismo y la arquitectura comienza a manifestarse en César Manrique a principios de los años cincuenta, fruto de sus colaboraciones con las instituciones públicas de la isla en el diseño de algunos espacios urbanos y con arquitectos en la realización de murales. Pero fue al regresar a Lanzarote, a finales de los sesenta, cuando encontró el marco adecuado para abrir su práctica artística a nuevas iniciativas. De tal modo, que sería en sus obras de intervención en el espacio donde pudo concretar su nuevo ideario estético, a cuyo desarrollo dedicó buena parte de su actividad creativa.

Cabe señalar como rasgo singularizador de sus intervenciones la mimetización o adaptación de las formas arquitectónicas al medio, la combinación de elementos, soluciones y materiales de la tradición local con los de la cultura moderna y la aplicación de distintas disciplinas artísticas en la concreción de sus diseños.

Una de sus propuestas más características fue el acondicionamiento de parajes naturales. En Taro de Tahíche (1969, antigua residencia del artista, y sede de la Fundación que lleva su nombre desde 1992), construyó su casa sobre cinco burbujas volcánicas habilitadas como espacio doméstico. A la misma intención de acondicionamiento, en este caso para el disfrute público, responde su intervención en  Jameos del Agua (1966). Quizá se trate de la obra de Manrique en la que encontramos más dificultades para diferenciar lo que es la acción del hombre y la de la naturaleza. En Jameos del Agua, también habilitó el Auditorio (cuyas obras comenzaron en 1976) convirtiendo una gruta volcánica en espacio funcional.

El propósito de integración con el medio es explícito en el Mirador del Río (1973), tanto en el exterior, mimetizando la fachada con el paisaje circundante, como en su interior, que está dispuesto, en su organicidad, para que nos impacte la gran panorámica que se abre detrás de sus ventanales. A los mismos criterios de integración aludidos responden los miradores de La Peña (1989), en El Hierro, y El Palmarejo (1995), en La Gomera.

Por las peculiaridades de la zona, en el Restaurante El Diablo (comenzado en 1968 y ubicado sobre un promontorio del Parque Nacional de Timanfaya) optó por una solución de gran pureza de líneas para afectar lo menos posible al frágil entorno que lo rodea.

Junto a intervenciones en el patrimonio natural de la isla, a veces para recuperar espacios degradados como los Jameos del Agua o el Jardín de Cactus (1990, donde diseña un entorno humanizado y armónico en una antigua zona de extracción de áridos) a Manrique le interesó la rehabilitación de edificios patrimoniales de la isla. Tal es el caso del antiguo Castillo de San José, que acondiciona como museo de arte contemporáneo (1976), y del restaurante Los Aljibes (1976).

Es de destacar también su colaboración con arquitectos. En el Hotel Salinas (1977), en Lanzarote, obra de Fernando Higueras, diseña los jardines interiores, las piscinas y murales. En el Centro Comercial La Vaguada (1983), en Madrid, proyecto de J.A. Rodrigo, la intervención de Manrique queda patente en el enterramiento del edificio, en la concepción del espacio externo, y en diversas soluciones del diseño interior.

Su regreso a Lanzarote coincidió con el desarrollo de la industria turística en Canarias. La falta de planificación urbanística en algunos casos, la mala gestión en otros, degradaron buena parte del litoral de las islas. De ahí que algunas de las propuestas del artista hayan tenido como objetivo la regeneración de ciertos núcleos costeros. Tanto en  Costa Martiánez (1977, donde diseña un gran lago artificial con piscinas y zonas verdes, en unas obras que comienzan a plantearse en 1969) como en  Playa Jardín  (1994, donde proyecta una playa de arena protegida por terrazas ajardinadas a distintos niveles), ambas en Puerto de la Cruz, Tenerife, la propuesta supone una mejora y remodelación del litoral, ganado para su disfrute público.

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